La Post Guerra Fría

 

Al culminar el enfrentamiento Este-Oeste, la humildad esperaba el surgimiento de un nuevo orden internacional capaz de producir un desarrollo continuo, con equilibrio, cooperación, respeto y paz, tal como sugería la propaganda que se extendió por el mundo, vendiendo los espejos de colores de los nuevos tiempos. Terminados, supuestamente, los conflictos ideológicos, la Guerra Fría había quedado definitivamente atrás y la oferta globalizadora, publicitada mundialmente, abrió las expectativas esperanzadas de un mundo cansado de guerras.

El fenómeno denominado “globalización” se exhibía a sí mismo como una etapa que daría por finalizada la historia, tal como había sugerido Francis Fukuyama, para quien los cambios que iban a sobrevenir en el nuevo ciclo reducirían las abismales diferencias entre las naciones pobres o “en desarrollo” y las naciones ricas e industrializadas. (Francis Fukuyama, “El fin de la historia y el último hombre”, 1992). Ante las evidencias del fracaso neoliberal y el vendaval que se abatió sobre el mundo en el año 2003, Fukuyama debió asumir su apresuramiento teórico.

Durante un tiempo, buena parte del mundo permaneció cautivado y cautivo de esta oferta que, de acuerdo con su formato publicitario –numerosos intelectuales del llamado Tercer Mundo-, iba a terminar para siempre con la pobreza, la ignorancia, las injusticias y las inequidades –y con las consecuentes rebeliones y conflictos abiertos a lo largo del siglo XX-.

Otra esperanza puesta con el fin de la Guerra Fría era el desarme nuclear, por el que habían luchado los pacifistas del mundo durante tantos años, y que los fondos destinados a gastos militares se canalizaran hacia el largamente esperado desarrollo y la defensa sostenida del medio ambiente. También se demandaba libertad para que cada país pudiera elaborar su propio proyecto de crecimiento a partir de sus reales circunstancias y no de las necesidades de los países ricos o de las transnacionales.

Sin Guerra Fría, aparentemente, la teoría de la Seguridad Nacional, que en los años 70 había significado la siembra de dictaduras militares en América Latina, pasaría a ser un mal recuerdo. Además, la globalización agilizaría la dinámica de los organismos defensores de los derechos humanos, ya que una política de respeto de ellos alcanzaría entidad global.

Pronto todas esas expectativas fueron mermando al ritmo de la inestabilidad, que creció hasta producir severas crisis económicas, que se sumaban a las nuevas guerras, invasiones e intervenciones de todo tipo. El anunciado nuevo esquema de desarrollo económico internacional brilló por su ausencia, mientras los foros internacionales quedaban fuera de los avances democratizadores.

La desaparición del campo socialista no contuvo la crisis de valores de Occidente. Aparecieron en escena, como consecuencia del modelo impuesto, los nacionalismos exacerbados en el marco de desintegraciones jamás imaginadas. La guerra en el Golfo Pérsico, a principios de los 90, y luego el drama de los Balcanes, evidenciaron o fueron el relámpago de la tormenta que sobrevendría.

La ruptura del equilibrio de la Guerra Fría y la desaparición de un orden que no había sido aún plenamente sustituido enmarcan la sensación de vacío de fin de siglo, una etapa de transición que no terminaba de definir sus tendencias.

 

Rosario Green advertía: (“De uniones y Desuniones. A manera de prólogo” – “El orden mundial emergente”)

“Es evidente que el optimismo que trajo consigo el fin de la rivalidad bipolar se ha tornado rápidamente en una creciente decepción que se nutre de las dificultades por las que pasan los países que formaron parte del mundo socialista y de las que enfrentan los proyectos integracionistas. Asimismo el desenlace del drama soviético se consideraba como aún impredecible.”

 

El final de la Guerra Fría influyó directamente sobre los países de América Latina. Cuba, por ejemplo, una pequeña isla a 90 millas de la potencia hegemónica mundial que la declaró su enemiga eterna, perdió su contrapeso soviético. Lo asombroso fue que ese país siguiera mostrando, en contradicción con el resto de las naciones de la región, un crecimiento verdadero y una situación social bajo control, sin desnutrición infantil, con programas de salud y educación inamovibles que colocan a Cuba, en esas áreas, en niveles comparables a los de los países del llamado Primer Mundo.

Para el resto de América Central el efecto fue otro. El aparente fin de la rivalidad bipolar pareció poner término a los conflictos ideológicos. Pero los fundamentalistas de los diseños de la política exterior estadounidense –que, por otra parte, estuvieron detrás de las negociaciones de paz de cada uno de los conflictos de la región- se empeñaron en caracterizarlos como ideológicos. Sin embargo se trataba ni más ni menos que de rebeliones contra los resabios coloniales, contra las dictaduras entronizadas y sostenidas por los Estados Unidos, contra la miseria que abarcaba a las mayorías centroamericanas. Ésas fueron las causas de los levantamientos tanto en Guatemala como en El Salvador, con historias de lucha desde los años 30 hasta la pacificación, sin soluciones reales, en los 80. Lo mismo sucedió en Nicaragua desde la década de 1930, cuando se inició la guerra liderada por Augusto César Sandino, pasando por las posteriores intervenciones estadounidenses, el reinicio de la guerra en los años 70, que terminó con el triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en 1979, hasta la guerra encubierta y abierta de los Estados Unidos contra ese país, que acabó involucrando a toda la subregión.

El fin de las contiendas de América Central con la intervención de los Estados Unidos fue, en realidad, una falsa pacificación, en la medida en que no solucionó las causas profundas de los conflictos que al comenzar el siglo XXI se agravaron aún más. El huracán neoliberal agudizaría la miseria, las injusticias, la dependencia y la militarización regional. En 2004, América Central dio otro paso hacia el vacío cuando sus gobernantes firmaron, sin consulta previa a sus pueblos, el Tratado de Libre Comercio de Centroamérica (CAFTA) con los Estados Unidos.


Fuente: "Recolonización o Independencia" de Stella Calloni - Víctor Ducrot